martes, 23 de diciembre de 2008

no tiene

El otro día me pusieron frente a dos divinidades, no sé si eran diosas, eran vírgenes. Eran gigantes, majestuosas, lo juro, de una hermosura grandísima. Ellas esperaban mi respuesta. No hablaban. Quietas miraban al cielo. (Tristes.) Esperaban que les respondiera, pero... ¿Cuál era su pregunta? No lo sabía. Les gritaba pero no me escuchaban. (¡Ahhh, se veían tan hermosas!)
¡CREACIONES, por favor! Pregúntenme y luego aniquílenme, pero díganme cuál es su pregunta!
Ellas miraban el cielo, luces de colores su aura, ellas lloraban. Sin lágrimas, sin sonidos, sin efectuar el más mínimo movimiento. Era el más triste llanto que alguna vez alguien había presenciado. Lloraban.La situación se tornó patética, estaba agobiada, podìa alejarme si quisiera, pero algo en mi me decía que no lo haga. ¡Eran divinidades, lo más precioso que habìa visto, y de mi respuesta dependía su destino, juicio mortal!No lo soporté más y empecé a decir respuestas aleatorias, tal vez alguna lograba funcionar, tal vez diciendo lo que sea la situación terminaría de una vez.El hecho es que de esta forma se agravó, mi pecho ardía, grité, apreté mis dientes.Luego me di vuelta, y riendo, y llorando, confesé: -¡MUJERES, esto no existe!En este momento la tierra tembló, mi mente giraba. Mis piernas empezaron a alargarse, mi cabeza a expandirse.En el más profundo silencio yo lloraba, pero ya no había lágrimas. (Ni había más movimiento, ni sonidos ya. )Así pasaron los días, las noches, los meses y los años. Los siglos y las nubes corrieron.Luego busqué en mi última picardía, y desde una visión exterior, pude verme: Yo era una de ellas.

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